Hace unos meses mi visita a Lausanne me llevó a conocer a Joel, un fotógrafo emergente, multicultural, salido de la prolija Écal, y que además de grandes retratos paisajísticos, hace un risotto realmente bueno. Se quedó con él uno de mis Honey Pigs y mi admiración, que agradece la invitación a su primera muestra en el país helvético, en Zürich.
Su trabajo me impresionó primero por su magnificencia, y después por su quietud, por el misterioso mutismo que envuelven sus raros parajes. Aleja su discurso del hombre, para acercarse al momento contenido, a la luz que tiene algo que ocultar, a la brillantez de sus colores y a la soledad sugestiva de las montañas.
Sus fotografías son naturales, literarias, profusas en detalles. Y su mirada es sana y reconfortante.
Recomendable observar la obra de esta rareza helvética llamada Tettamanti.
Mi padre me ha llamado hace un rato. Y como siempre hablo en gallego con él. Me llega una newsletter sobre un magazine americano y le echo un vistazo en inglés. Abro mi lector de feeds, y leo la prensa en castellano. Y de repente topo con una noticia inesperada, o no tanto, pero que entristece: una marcha sobre las lenguas en Santiago de Compostela acaba en violentos disturbios.
Una plataforma, Galicia Bilingüe, y otras gentes diversas querían reclamar los derechos de los ciudadanos a hablar en el idioma que consideren oportuno. Algo muy respetable por cierto.
Otros, que consideran que tal derecho es matizable para bien del gallego, también respetable, intentaron reventar la cita. Y todo terminó en bacanal policial, lunas de coches rotos, e improperios grupales y personales.
La decepción se produce por expectativas fallidas, o ingenuamente esperadas. Siempre he creído que llegaría el momento en que el idioma no sería tema de discusión, a bien de tratar sobre el qué se dice realmente, y no cómo. Pero no ha llegado, como puedo comprobar.
Ambos lados muestran poco respeto por las lenguas, y menos, por lo que me importa, los contenidos. Ninguno sabe qué decir con criterio, responsabilidad, y sosiego.
Saltan a las calles, unos bajo el lema Galicia Bilingüe, desconociendo el estadio del gallego y el castellano. Defienden la libertad de expresión, pero obvian que en realidad, está mutilada bajo el paraguas de una diglosia aplastante, que dudo sepan de su significado. El gallego fue ignorado, bapuleado y satirizado ayer en tiempos oscuros, y todavía hoy, en un presente supuestamente abierto y libre, ante castellano-parlantes institucionalizados, aburguesados y poco condescendientes.
No sé si la discriminación positiva es acertada o no, pero no hay que olvidar que ésta es efectiva desde hace poco respecto a los siglos de trato negativo. Tampoco es muy acertado decir, como la organizadora de la marcha, que no vale imponer el gallego porque sí, o que las personas tienen derechos, las lenguas, no. Olvida las gentes que han sido encarceladas, los fusilados, los escapados. Pero sin acudir a este estúpido ejercicio histórico nacionalista, sobre todo demuestra poca sensatez para con cada gallego que es ridiculizado por su lengua, que otros creen anticuada y pueblerina.
También cabe recordar que las lenguas son entes vivos, que tienen reglas, licencias, que piden cuidado y respeto.
Sin embargo, esta llamada crítica a una postura que no comparto del todo la hago desde la educación y la igualdad. Y desde el castellano. Porque lo que cuenta es lo que digo.
En el otro bando, se sale a la lucha obrera por una guerra politizada y sesgada, que ha de ejecutarse en otros campos: en las escuelas, en el parlamento, en la panadería. Porque el mejor favor a un idioma es su uso. Pero sin dogmas ni crucifixiones. Flaco favor se hace ir en contra de algo para dar sentido a lo propio.
Hoy podríamos sentarnos y hablar cívicamente. Podríamos convencernos a nosotros mismos que las lenguas sirven para comunicarse, no para desentenderse, ni defender, de uno y otro lado, rancios sectarismos.
Todo es noticiable. O casi todo. Creo aún en lo espontáneo, en ese hecho que sucede para y cuando las cámaras no están allí, y permanecer únicamente en el hipocampo social. Hoy ha sucedido todo lo contrario.
Una acción pseudo-natural, fugaz, social (léase, flash-mob) se ha convertido en un pasaje insulso en la vida de los peatones de Portal del Àngel, Barcelona. Enmedio e Improv Everywhere (colectivos ambos que suelen ofrecer mayores sorpresas) habían dilucidado un misión con motivación de éxito y todo lo que ello conlleva, desde la sorpresa callejera a la invasión youtubera.
Uno, que acudía con la ilusión de sonreir agarrado a una bola de gente bajando por una calle atestada de histeria consumista, se volvió defraudado al ver tantas cámaras, al ver tantos espectadores. Porque un flash-mob (y más al modo de hacer de los Improv), reniegan de los mirones. Son por y para la gente despistada en su paseo, por y para la ingenuidad hecha rutina.
A destacar y criticar que hubiese más observadores conocedores de lo que iba a pasar y más gente en la acción que transeúntes sorprendidos.
Nota media para no sé quién: D. M. Debe Mejorar = Have to Improv(e).
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